Donald Trump, primer año de un presidente inclasificable

Editorial

No es exagerado afirmar que el 8 de noviembre de 2016 el mundo contuvo el aliento. La mayor potencia del mundo, un gigante económico y el gran leviatán militar de nuestro tiempo, elegía como presidente a un aventurero de la política. Su ascenso respondía en su totalidad a una pulsión populista muy similar a la que, al mismo tiempo, avanzaba en Europa. Donald Trump iniciaba su andadura como presidente consagrado por su investidura en enero de 2017. En aquel momento, propuestas políticas de difícil calificación política y un bagaje moral crepuscular aparte, quedaba ya claro el tono humano del nuevo presidente, muy distinto al de su antecesor, Barak Obama. No cabe duda de que su presidencia pudo colaborar a polarizar la sociedad estadounidense, pero también que esta se caracterizó por unas formas cuidadas y un carisma apacible pero certero, su seña de identidad. En efecto, desde los mismos comienzos, Trump dejó claro que su discurso apelaría a la pasión y no al intelecto, que privilegiaría a la nostalgia frente a la razón, y que al ponderar el papel de los estadounidenses en las relaciones internacionales del siglo xxi, optaría por el exclusivismo americano en contraposición con el realismo de su antecesor.

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